Navarrete señaló que infiltración del narco se profundizó con la salida del ex procurador Rafael Macedo de la Concha
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Navarrete señaló que infiltración del narco se profundizó con la salida del ex procurador Rafael Macedo de la Concha
Detrás de los rostros zapatistas cubiertos con pasamontañas que en el primer minuto de enero de 1994 le declararon la guerra al gobierno mexicano, no sólo había semblantes masculinos. Para sorpresa de muchos, ahí estaban las mujeres indígenas que, además de la lucha armada, librarían otra por el reconocimiento de sus derechos.
Poco después de la declaración de guerra del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), la información sobre el levantamiento indígena confirmó el gran número de mujeres que militaban y participaban en el movimiento.
Y es que ellas tenían motivos propios para tomar las armas de la guerra, pero también las armas de la palabra. Buscaban una forma de combatir las diversas expresiones de violencia que se ejerce contra las mujeres y que se agudiza cuando se habla de mujeres indígenas.
Pero el reto no era fácil y las zapatistas empezaron a deliberar la forma y el fondo de un documento que reflejara sus demandas y necesidades.
Fue una mujer indígena tzotzil, Susana, la encargada de recorrer las comunidades y hablar con las mujeres. Después de casi un año de discusiones y consensos, en marzo de 1993, el Comité Clandestino Revolucionario Indígena (CCRI) aprobó la Ley Revolucionaria de Mujeres.
En una carta dirigida al periodista Alvaro Cepeda Neri, del periódico La Jornada, el 26 de enero de 1994 el subcomandante Marcos relata que entonces el CCRI discutía las Leyes Revolucionarias, entre las que se encontraba la ley de mujeres: “A Susana le tocó leer las propuestas que había juntado del pensamiento de miles de mujeres indígenas. Empezó a leer y, conforme avanzaba en la lectura, la asamblea del CCRI se notaba más inquieta”.
Agrega que “Susana no se arredró y siguió embistiendo contra todo y contra todos: No queremos que nos obliguen a casarnos con el que no queremos. Queremos tener los hijos que nosotras queramos y podamos cuidar (…) Las leyes de mujeres que acababa de leer Susana significaban, para las comunidades indígenas, una verdadera revolución”.
Cabe señalar que las leyes revolucionarias son las normas que rigen la vida de los zapatistas en las comunidades liberadas.
Así, la Ley Revolucionaria de Mujeres fue publicada en El Despertador Mexicano, órgano informativo del EZLN, el primero de diciembre de 1993, junto con la Primera Declaración de la Selva Lacandona. Estos documentos también aparecieron en el mismo órgano informativo el primero de enero de 1994 como parte de un contexto más amplio de leyes del EZLN.
El texto que introduce los artículos de la ley manifiesta que “en su justa lucha por la liberación de nuestro pueblo, el EZLN incorpora a las mujeres en la lucha revolucionaria sin importar su raza, credo, color o filiación política, con el único requisito de hacer suyas las demandas del pueblo explotado y su compromiso a cumplir y hacer cumplir las leyes y reglamentos de la revolución”.
Y continua: “Además, tomando en cuenta la situación de la mujer trabajadora en México, se incorporan sus justas demandas de igualdad y justicia en la siguiente Ley Revolucionaria de Mujeres”.
La ley consta de 10 artículos:
Primero: Las mujeres, sin importar su raza, credo, color o filiación política, tienen derecho a participar en la lucha revolucionaria en el lugar y grado que su voluntad y capacidad determinen.
Segundo: Las mujeres tienen derecho de trabajar y recibir un salario justo.
Tercero: Las mujeres tienen derecho a decidir el número de hijos que pueden tener y cuidar.
Cuarto: Las mujeres tienen derecho a participar en los asuntos de la comunidad y tener cargo si son elegidas libre y democráticamente.
Quinto: Las mujeres y sus hijos tienen derecho a atención primaria en su salud y alimentación.
Sexto: Las mujeres tienen derecho a la educación.
Séptimo: Las mujeres tienen derecho a elegir su pareja y a no ser obligadas por la fuerza a contraer matrimonio.
Octavo: Ninguna mujer podrá ser golpeada o maltratada físicamente ni por familiares ni por extraños. Los delitos de intento de violación o violación serán castigados severamente.
Noveno: Las mujeres podrán ocupar cargos de dirección en la organización y tener grados militares en las fuerzas armadas revolucionarias.
Décimo: Las mujeres tendrán todos los derechos y obligaciones que señalan las leyes y reglamentos revolucionarios.
Después de su publicación, la ley se convirtió en un punto de referencia para el movimiento de mujeres en México y un paso importante en el reconocimiento de los derechos de las mujeres indígenas.
Hoy se sabe que las mujeres representan casi el 45 por ciento de las bases del EZLN, rebelión indígena que tuvo sus orígenes en las Fuerzas de Liberación Nacional y que hace 10 años se dio a conocer con la toma de siete cabeceras municipales en el sureño estado de Chiapas.
Sin embargo, en palabras del subcomandante Marcos, “el primer alzamiento del EZLN fue en marzo de 1993 y lo encabezaron las mujeres zapatistas. No hubo bajas y ganaron. Cosas de estas tierras”.
No importa qué hagamos o qué suceda, el PRI sigue allí. Los gobiernos de alternancia han provocado lo que parecía imposible en el 2000: que alguna vez llegásemos a extrañar al antiguo régimen. Lo cierto es que los sondeos pronostican un triunfo aparentemente inevitable por parte del tricolor en los comicios de 2009 para la renovación del Congreso. Y de seguir las cosas así, la campaña presidencial para el 2012 será un paseíllo para Enrique Peña Nieto y su novia.
La mayor tragedia de la primavera democrática que el país vivió en el 2000 cuando el voto puso fin a 70 años de partido único, es que nuestro Obama se llamó Fox. La derrota del tricolor generó oleadas de esperanza hace ocho años, incluso entre los que votaron por el PRI. Entre sorprendido e ilusionado, el país entendió que entraba en zonas inéditas de la historia. Un poco como ahora los norteamericanos se sienten con respecto al triunfo de Obama. Pero el extraordinario candidato que había sido Fox se convirtió en un presidente frívolo y acomodaticio, interesado únicamente en disfrutar su arribo a la cúspide. El foxista no sólo fue un sexenio perdido, representó, además, una extraordinaria oportunidad histórica desperdiciada.
El caso de Felipe Calderón es distinto. A mi juicio ha cometido errores pero a diferencia de Fox nadie puede escatimarle el hecho de haberlo intentado. Incluso a costa de amenazas personales y una fatiga crónica cada vez más perceptible. La pregunta de fondo es si realmente ha tenido oportunidades. Fox hizo mucho más que dilapidar el bono democrático. Calderón entró a Los Pinos con un patrimonio político en números rojos y muy escasos márgenes de maniobra. No es un logro menor haber obtenido las reformas (así sean tibias) con tan escasos recursos. Pero la inseguridad pública y la crisis económica internacional han consumido el precario capital político que con muchos trabajos y no pocos altibajos Calderón había podido acumular.
Ante la incapacidad del gobierno panista para ofrecer respuestas, muchos extrañan a los priistas porque “al menos tenían oficio político”. Un empresario afirma que los panistas tampoco resultaron honestos: simplemente ahora “las mordidas” son más altas porque son “más honrados”. Las elecciones del domingo pasado en Hidalgo, casi otro carro completo para el PRI, confirman lo que parece ser una inexorable cadena de triunfos regionales que conduce a la entrega final del poder.
¿Que hemos hecho los mexicanos para merecer lo que parece una regresión política? ¿Qué hemos dejado de hacer? Desde luego, Fox no fue Obama y eso es parte de la explicación. El cambio, o la ausencia de cambio, no han ofrecido muchos deseos de seguir experimentando. Por su parte, la opción lopezobradorista le parece a muchos un salto al vacío (por razones que escapan a este espacio).
Los triunfos del PRI llevan a pensar que, ante la incertidumbre, los mexicanos optan por un pasado maquillado, por la nostalgia distorsionada. Una especie de síndrome de Estocolmo colectivo: los antiguos victimarios ya no parece tan malos. Y ni siquiera se trata de un PRI renovado. Emilio Gamboa y Manlio Fabio Beltrones, los jefes del Congreso no son precisamente prototipos de un renacimiento. Peña Nieto arrasa sin siquiera tener que exponer ideas nuevas o prometer una plataforma de cambio. Puntea simplemente porque difunde spots en los que aparece haciendo lo mismo que los presidentes del viejo régimen: inaugurar obras y presidir mítines.
Ninguna sociedad ha progresado pensando que más vale malo por conocido que bueno por conocer. Y sin embargo, todo indica que el país ha comenzado a inclinarse en esa dirección. www.jorgezepeda.net
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